Posmópolis, dice. Y al enunciarla no pasa nada, no tiene por qué pasar nada, ni siquiera algo, tan sólo se abre una ventana que apunta a un horizonte, cierto panorama, donde concibo mi deseo: fecundar una ciudad, darle ruta a una escritura.
Posmópolis, Santísima Posmópolis.